un miércoles frío y extraño. cansada de hacer planes, llamadas (aunque sé que no hago demasiadas), echo a andar y nos vamos de bares porque sí, porque nos gusta más un bar que a un tonto un lápiz, y... terminamos muriéndonos de la risa por lo irónico del tema, para un día que no íbamos a eso, y nos persigue. y es que el asistir a recitales de poesía espontáneos en un bar donde no te lo esperas y lo único que querías era morir de vino en el sofá, es lo que tiene.
se nos acerca un tío a pedirnos que nos callemos y escuchemos. si no dijo la palabra escuchar como cincuenta veces en media hora, no la dijo ninguna. incluso nos advirtió que lo estábamos escuchando peor que otros días, que éste era el peor (recitaba más gente, pero cuando lo decía hablaba sólo de sí mismo). ahí es cuando me acuerdo de Batania cuando despotrica de los poetas. todos queremos ser escuchados, demonios, pero o sucede o no sucede, la vida es así. forzarlo es absurdo.
y ahí fue cuando recordé el recital (pero no el nombre del poeta) en el que los versos fueron dedicados al grande
Raphael de la Ghetto, ahí fue cuando descubrimos la metafísica del poema del mojón flotante (mi amigo Fran nos obsequió con una creación de evocadores matices de letrina) y entonces, allá al fondo en el improvisado atril con velas, de repente, se terminaron los poemas de vacío, de amantes abandonados, de hojas de otoño y se subió un chico advirtiendo que venía ciego perdío. y me encantó lo que estaba recitando. podríamos llamarlo realismo puro desprovisto de intereses creados, podríamos llamarlo en ocasiones una verdad como un templo:
"la gente normal trabaja y no tiene tiempo para gilipolleces,
y los escritores se masturban en casa solos
mientras escriben que son los mejores besando".
¡qué grande! ¡pero qué grande el tío!